Mucha gente había llevado mantas y colchones para resistir el frío de la larga espera, en el corazón del invierno neoyorquino.
Era el 28 de diciembre de 1867 y esa noche por primera vez se presentaba Charles
Dickens en un escenario de la metrópoli de
los rascacielos leyendo episodios de sus novelas más famosas. Las entradas más caras costaban dos dólares. Charles Dickens llevaba ya 14 años ejerciendo de contador de sus propias historias ante el público. Pero el señor Charles Dickens, bajo sus maneras suaves y afectuosas y su sonrisita cariñosa, tenía un carácter de hierro y nadie consiguió doblegar su decisión. Se salió con la suya, se subió a los escenarios y siguió haciéndolo por 17 años, hasta el 15 de marzo de 1870, pocas semanas antes de su muerte. La historia de Dickens en los escenarios está maravillosamente recreada por el profesor Malcolm Andrews, en un libro que acabo de devorar y que es una pura delicia: Charles Dickens and His Performing Selves. Dickens and the Public Readings (Oxford University Press, 2007). La erudición se alía en sus páginas con la devoción por el personaje y por sus libros y, leyéndolo, uno llega a contagiarse del hechizo que el autor de Oliver Twist y tantas historias memorables inspiró a sus contemporáneos y a emocionarse con éstos hasta las lágrimas cuando, además de leerlo, pudieron verlo y oírlo reproduciendo sobre las tablas de un teatro o las plataformas de los vastos auditorios donde se presentaba, las aventuras y desventuras de Little Dombey, Nicholas Nickleby, Mr. Pickwick y tantos otros héroes o villanos de papel. Las razones que Charles Dickens dio a su familia y amigos para subir a escena fueron económicas. Pero la razón profunda no era la necesidad de nuevos ingresos, sino una vocación histriónica, o, por lo menos, de contador ambulante de cuentos, que se manifestó en él desde muy joven. Hay una deliciosa anécdota que cuenta su hija Mamie que, un día, dormitando en el sofá, espiaba con los ojos semicerrados cómo escribía su padre. Advirtió, de pronto, que, a la vez que hacía correr la pluma sobre el papel, hacía muecas, gestos y mascullaba frases entre dientes, mimando aquello que contaba. Siempre creí que los célebres "Readings" de Dickens eran meras lecturas. Malcolm Andrews demuestra, a base de los incontables testimonios que ha recogido de espectadores que asistieron a sus presentaciones públicas, y a los centenares de artículos y críticas de prensa, que llegó a dar forma a un espectáculo inusitado, en el que el lector, el actor, el mimo y el contador alternaban para dar una versión de las historias que era, al mismo tiempo, teatro, literatura, tertulia, confesión y hasta farsa y circo. Ellos habían sido sometidos a una transformación en guiones, con cortes, añadidos y abundantes acotaciones, pensando en la representación. Luego, Dickens aprendió de memoria aquellos textos y casi no ponía los ojos sobre las carpetas, aunque las tenía siempre sobre el pupitre y a veces las cogía y agitaba, para dar mayor énfasis o dramatismo a su actuación. Era un profesional riguroso que ensayaba hasta el agotamiento, corrigiendo cada vez detalles a veces insignificantes -los movimientos de las manos, los silencios, sus balbuceos, tartamudeos, gritos o suspiros-, en busca de la ansiada perfección. Antes de la función, él mismo probaba la acústica del teatro o auditorio, con ayuda de su valet, que debía desplazarse a las localidades más apartadas a fin de comprobar que las palabras de Dickens llegaran bien a todas las localidades. El pupitre puede verse todavía, en el Museo Dickens de Bloomsbury, en Londres. Los testimonios de los espectadores sobre lo que hacía en el escenario varían, desde luego. Pero casi todos coinciden en que los momentos cumbres de su actuación eran aquellos en que mimaba las voces y los gestos de un grupo de personas en medio de un intercambio intenso de pareceres, una fogosa discusión por ejemplo sobre política, un crimen, un cataclismo o sobre la existencia o inexistencia de fantasmas. Yo sé muy bien cuánto debió gozar Dickens en aquellas sesiones en que se transmutaba en esos personajes salidos de su imaginación y de su pluma que habían encandilado a medio mundo, cuando sentía que era posible insuflar carne, sangre y huesos y hacer hablar, reír y llorar a las criaturas de las novelas y, por un par de horas mágicas, convertir la horrible vida real en una hermosísima ficción. Las pocas veces que yo me he subido a un escenario a contar una historia he sentido también ese inquietante milagro que es, por un tiempo sin tiempo, encarnar la ficción, ser la ficción. En sus últimas actuaciones, ya con medio cuerpo paralizado, su médico particular, Thomas Beard y su hijo Charley se sentaban en la primera fila, listos para socorrerlo si -como estaba seguro su médico que ocurriría- se desplomaba en plena función. Seguro que murió feliz.