Un ensayo sobre la caída
01-01-99
Parece ser que la única manera de que el hombre en la carne pudiese sufrir los padecimientos similares a los de la eternidad al haber perdido la salvación, es el hacer sufrir el
cuerpo más allá de lo que un mortal pueda sufrir sin morir.
De esta única forma "toda la materia de la tierra" subió a los cielos como única excepción, en Cristo; habiendo sido redimida y viniendo a ser las primicias o catalizador de toda la tierra. De allí en más todo cuerpo debió, o mejor dicho, quedó obligado al mismo proceso de resurrección.
En Cristo todos nuestros miedos, enfermedades, aflicciones y dolores, fueron experimentados para poner en funcionamiento la misericordia. De allí que es por la Gracia y los méritos de Cristo que tenemos participación de salvación en alguno de los grados de gloria y no quedar sujetos a Satanás por siempre, debido a la violación de las leyes de Dios.
Fue tan grande el sufrimiento de Nuestro Salvador en el Getsemaní que las inteligencias menores del cuerpo quisieron escapar y abandonar el cuerpo, tan grande era el padecimiento, que la sangre quiso huir de Él.
Inteligencia y albedrío
En el principio éramos inteligencias puras, pero cuando Dios nos reunió y estaba entre las luces, Él nos formó espíritus al darnos el albedrío y fuimos individuos. Él nos organizó dándonos nuestra misión espiritual o en otras palabras el papel que deberíamos desempeñar en esta vida.
Más luz y verdad
31-01-99
Cuando recibimos conocimiento y el Espíritu Santo nos testifica de que es verdadero, ponemos por obra lo aprendido con ánimo de obediencia, ese conocimiento pasa a ser luz en nuestra vida y se suma a nuestro espíritu.
Se puede decir entonces que comprendemos el conocimiento y somos parte de esa porción de verdad.
La vida del hombre consiste en vivir obrando según lo atraiga el bien o el mal; la salvación del hombre consiste en el cúmulo diario y constante de obras, pensamientos, intenciones y arrepentimientos, que al final redundará en más y mejor luz para su espíritu al morir el cuerpo.
Cuando nacemos estamos, como niños, indefensos ante el mundo, pero tan llenos de inocencia que protege al espíritu limpio que recién llega a la tierra.
Progresamos en la medida que mantenemos nuestro espíritu con esa gran luz con la que vino al mundo. Progresamos en la medida que rechazamos el mal que tan fácilmente tienta al hombre natural.
Cuando crecemos encontramos mucha ayuda: la Iglesia de Dios, las Escrituras, Apóstoles y Profetas, otros seres dispuestos a encontrar el camino, etc.
Nuestra mayor tarea es mantenernos con la pureza de un niño, la inocencia y bondad que lo caracteriza.
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